
Después de haber muerto y pasado por los planetas, alcanzaba las estrellas, trepaba nubes de polvo cósmico y, luego de miles de años, lograba llegar al Paraíso. Estando ahí, me encontraba con un Cristo que aún se encontraba flagelado y doliente, a quien yo le preguntaba por mi familia. Con compasión y severidad, me llevaba del brazo hacia unas nubes que de forma vaga y difusa tenían cada una un parecido con mis seres amados. Ante mi terror, el Ícono Sagrado intenta calmarme. Es entonces cuando despierto y sigo acostado, siendo un niño, preguntándome acerca de la eternidad.
Este dibujo ilustra ese momento vivido hace ya 24 años.